21 octubre, 2017

Es gracioso porque nunca me imaginé montando en ese avión. Hasta que llegó el día.
Me desperté aún de madrugada sin tiempo apenas para pensar en lo que estaba haciendo. Lo hacía todo mecánico. Cuando llegó la hora, cogí mis maletas y me senté en el asiento trasero del coche.
Esperé en el aeropuerto hasta que abrieron la ventanilla de facturación. Esperé aún más hasta que abrieron la puerta de embarque. Y subí.
Y ahí, aunque nadie lo viese, ni siquiera yo lo sintiese, empezó un proceso de cambio.
Me encontré a mí misma tomando decisiones, que, fuesen las más acertadas o no, eran las que necesitaba en ese momento. Le hice daño a gente por la necesidad de sentirme viva. No siempre he hecho lo correcto, porque estoy cansada de ello. Me descubrí queriendo equivocarme, y lo hice. Me descubrí anteponiéndome a mí a ciertas personas, cosa que nunca antes había hecho. Conocí nuevas personas a las que quiero como si fueran de toda la vida, y me di cuenta que algunos de los de toda la vida no eran tan reales.
En cuanto a mí, me han acusado de no echar de menos a mi gente, mi casa, mi ciudad, o mis raíces. Los hay que no se han sentido felices con mi decisión de quedarme. Me da igual, no les culpo.
Y así es como, poco a poco me fui dando de cuenta de que no soy la misma persona que se subió al avión Barcelona - Bruselas el 13 de junio. Ni por asomo.
Y todo eso no es más que la consecuencia de querer vivir. Toda la vida he dejado de hacer cosas que quería por no herir a otras personas. No he querido irme demasiado lejos antes por el miedo de salir de mi zona de comfort, y de no saber vivir sin las personas que me rodean.
Hasta ahora.
Ahora sé, que por mucho que quiera a otras personas, mi felicidad debería depender sólo de mí. Y eso no significa que quiera menos.
Que no quiera volver no significa que me haya olvidado de todo lo que un día fui o representé. Sólo significa que me descubrí siendo feliz de una forma diferente a la que antes lo había sido. Ni mejor, ni peor. Sólo diferente.
Me siento con la capacidad de controlar totalmente mi vida para hacer con ella lo que quiera. Aunque eso implique llorar después, enfadarme, sentir rabia, sentirme culpable o estar confusa. En definitiva, me siento viva.
Y a día de hoy, aún no sé si valiente es el que se queda o el que se va, pero me inclino por el que se va.

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